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Alain Pérez: Suspenso en La Tropical

Alain Pérez: Suspenso en La Tropical

por: Ernesto Pérez Castillo

Hablando en plata, no suspendió: aprobó raspando, se ganó un triste tres con menos: las blanquitas bailaron. Pero hasta ahí las clases. Que no es lo mismo poner de pie o de cabeza al Teatro Mella, tan en el medio de El Vedado, con el público de etiqueta, o poner a gozar El Sauce repleto de universitarios el fin de semana, que reventar La Tropical un domingo por la tarde, en un concierto no demasiado anunciado, y lograr que bailen los bailadores de verdad, la gente de Coco Solo, Buena Vista, La Ceiba, Pogolotti y El Palmar.

El concierto que, como es natural, comenzó una hora más tarde y poco más, serviría para lanzar su disco más reciente, ADN. Para ello hacía falta personal, y justo eso era lo que no se veía por ninguna parte a la caída del sol. Cuatro gatos –y yo era uno de los cuatro– no bastaban, como no bastaban los cuatro gatos más que aparecieron después.

Así que Alain no tuvo más remedio que subirse a la tarima y apurar el “un, dos, tres”, con aquel salón vacío. Y donde pongo “vacío” me refiero a eso: a un vacío cósmico, galáctico, sideral… ese vacío donde habitan las estrellas, donde entre un planeta y otro median años de eternidad, y cada quien gira y recontra gira en su órbita solitaria, sin conexiones, sin rozamientos, inmerso en la nada espacial.

Si algo habría que reconocerle en la ocasión –por esta sola– a Alain, es su valor, su valía. Que no le importó para nada que los termómetros de La Tropical marcarán todo el tiempo menos veinte grados. Él hizo lo suyo y lo hizo bien, sin miedo, bailó y canto como se debe, puso su alma en el concierto como si el lugar se estuviera reventando, aunque allí no pasara nada. Que él es un musicazo de los que se dan enteros, más de una vez lo ha demostrado, y a la hora de los mameyes no se iba a echar pa´tras.

Ya a la altura del tercer tema, sus fanáticos, que allí estaban en franca minoría –tres gatos, de los ocho que al final se podían contar, y yo era uno de los tres– debimos resignarnos a la más dura verdad: la sangre no iba a llegar al río, ni a ninguna parte… la orquesta lo había arriesgado todo lanzando los geniales, estremecedores acordes de “La Abuela”, el súper tema que usualmente guarda para el gran final de los finales, y lo tiraba así de pronto, de ram-pam-pam, con el concierto todavía en pañales, a ver si por fin pasaba algo… ¡Si eso no es estar desesperado, entonces no sé cómo se llama, ni sé qué cosa es la desesperación!

Y es que ya se sabe, La Tropical es otra cosa. Y Alain Pérez, de seguro, es consciente de eso. Yo, mientras intentaba bailar –yo soy un patón, lo reconozco–, no lograba sacarme de la cabeza aquella frase tan famosa de “Tiburón”, la película de Spielberg, y que definía tan bien lo que allí estaba pasando. Es sencillo: para sonar en La Tropical, mi socio, “necesitas un bote más grande”.

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